Una vez alguien muy importante en el mundo balompédico dijo que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Y tenía razón. Porque las cosas menos importantes de la vida, no nos la arrebatan, pero sí nos la dan.
Una cerveza con los amigos un jueves tonto, un helado de fresa y chocolate con tu hija refrescando los pies en la piscina, un café tardío con esas amigas que saben, sin hablar contigo, que necesitas ese café. Pasear cogidos de la mano hacia un sol que se hunde a lo lejos. Sentado en un banco compartiendo silencio con la persona que ha compartido su vida contigo y tú la tuya con ella.
O, simple y llanamente, un partido de futbol un domingo por la tarde.
Veintidós chavales dándole patadas a un balón intentando meter al susodicho entre tres palos que forman un rectángulo con el suelo. Escueto, sencillo y directo.
Y te preguntarás, ¿cómo el fútbol, algo tan escueto, sencillo y directo, puede darte la vida? Pues porque no es solo fútbol, amigo. Es lo que le rodea, su idiosincrasia, su liturgia, lo que conlleva, y, sobre todo, a quién conlleva.
Cuando el domingo próximo hay un partido importante, madrugar el lunes ya no es tan duro y amargo. El martes tus compañeros de trabajo ya no te caen tan mal. El miércoles te sorprendes viéndote silbar por la calle cuando ya no recordabas ni cómo se hacía. O dando toquecitos torpemente a una piedra emulando al gran Maradona, el jueves.
¡Qué coño, el viernes voy a comprar un paquete de cromos!
Y de repente, el sábado vuelves a ser niño, y te pones la camiseta de tu equipo, alardeando de camiseta no de cuerpo, pues han pasado los años y lo que antes era un páramo llano ahora es una ruffles ondulada, pero aun así, sales a la calle con esa sonrisa Duchenne que no sabías ni que tenías.
Y te paseas orgulloso por el mercado, por la plaza, por la Castelar, y le muestras medio avergonzado una sonrisa cómplice a la chica que se cruza contigo solo porque lleva la misma camiseta que tú.
Este domingo la liamos, te dice ella mentalmente.
La gravedad, inútil contra los sueños, replicas tú de igual manera.
Y llega el domingo y te despiertas como un resorte con la misma emoción que un niño la mañana de navidad.
Te acicalas con tu uniforme del Sporting y en la calle todo es alegría. Banderas azules y rojas ondeando en círculos. Y el claxon de los coches suena al unísono creando una sinfonía Valkiriana.
Y quedas prematuramente con la cuadrilla que forman la familia y los amigos, porque en este mundo cualquiera puede ser una cosa, la otra o ambas.
Y todos y todas vestiditas de rojo, como en uno de esos colegio de antaño (o no tan antaño) marcháis juntos hacia el estadio seguros de la victoria, con bufandas por espadas y casacas rojas por escudos.
Una marcha a la que se van agregando más y más discípulos de los caballeros de san Juan enarbolando tus mismos colores e ilusiones. Y te abrazas y cantas junto a alguien a quien no conoces ni habías visto jamás. Porque el fútbol, ni entiende ni debería entender de ideologías, de sexos, de pieles, de tonalidades. El fútbol es fútbol, una pasión que puedes compartir con cualquiera, venga del planeta que venga.
Y una pasión, y ahora lo digo yo, es de las cosas más importante dentro de las cosas menos importantes.
Así que si tu pasión es la misma que la mía, por eso, por todo y por más, acompáñame este sábado a la 19:00 a Torrijos a animar a tu equipo. A Animar al Sporting de Alcázar. El último partido de la temporada, pero el primero de la mayor aventura que viviremos jamás.
Porque allí donde tú caigas, caeré yo. Allí donde tú llegues, llegaré yo. Cuando ganes, cuando pierdas, cuando el insípido empate te devore, allí también estaré yo. Porque solo, caminaras más rápido, pero juntos llegaremos más lejos.
Aúpa Sporting de Alcázar de san Juan. La tierra que no me vio nacer, pero me ve verá morir (dentro de muchos años, claro).
Uno de los vuestros.
Aúpa Sporting.

